No consentirás pensamientos ni deseos impuros



En la mente es donde se originan los pensamientos que destruyen la conciencia,  y es aquí donde Dios acusa de pecado a los humanos, por ello Jesucristo en el mandamiento de no consentirás pensamientos ni deseos impuros, dejó bien claro, que la ley moral se encuentra delante de todos los ritos y ceremonias religiosas.

En este sentido, muchas veces pensamos que llevando una vida religiosa, somos bien vistos por los demás, ya que nadie conoce nuestros pensamientos impuros, pero contrariamente a esto, Dios si los conoce.

En la teología cristiana, los pensamientos impuros generan la tentación de saciar un gusto por lo sexual, en este caso un deseo carnal, o bien lo que se conoce como concupiscencia, que es el impulso que el alma siente por todo aquello que le produce satisfacción de manera desmedida.

Aunque la concupiscencia no constituye un pecado, inducen a él, ya que obstruye la razón de lo que es natural y moral para producir una satisfacción sexual.

En síntesis, los pensamientos y los deseos carnales son tentaciones; el pecado se comete en el corazón y en la intención de llevar a cabo esta mala acción.

Estos mandamientos prohíben los pecados interiores contrarios a la pureza, por consiguiente,  no consentirás pensamientos ni deseos impuros.

¿Cómo podemos aplicar el mandato de no consentirás pensamientos ni deseos impuros?

Antes que nada, purificando el corazón, que es la sede de la personalidad moral y del Espíritu Santo, que se recibe durante el sacramento del bautismo.

La pureza exige la virtud del pudor que es la paciencia, modestia y discreción hacia los pensamientos y deseos impuros, ante el persistente dominio impuesto por la sociedad.

Con el pudor representarás el recato para guardar lo sagrado, y expresarás un amor verdadero, que con templanza y castidad, no consentirás pensamientos ni deseos impuros.